Tuesday, 23 November 2010

Al principio sus mejillas eran rosas, sus ojos brillaban, sus labios besaban y su pelo caía suavemente por sus hombros recordando al oro. Al principio sujetaba un ramo de orquidieas traídas desde el paraiso, todos la miraban en el altar, todos soñaban con ella y ella soñaba con ÉL. El mismo que le sujetaba la mano tan fuerte como la mar se hunde en la arena.







Al principio era feliz.





Él le hacía feliz.





Él era marinero y un día no vino. Demasiado pronto. Sus mejillas dejaron de ser rosadas, sus labios dejaron de besar, su pelo ya no caía con aquella sutileza, el oro desapareció. Las orquideas se marchitaron y no quedó nada de aquellos paraísos. Su hogar se convirtió en el infierno y aquella Virgen que le protegía le dio la espalda. Ríos de lágrimas no serían suficientes para explicar lo que lloró. Tormentas de disgustos serían pocos.



Los atardeceres eran su muerte, el sol caía como ella. Era cuando observaba el horizonte por si aparecia el barco de su amor.



Su prometido nunca apareció, se lo llevo una mar enfurecida enamorada de él, una mar celosa, una mar maldita que la condenó a decadas de tristeza. Una mar que no perdona cuando es rechazada. Una mar infalible que les separó para siempre.



Hubo otros hombres, más de uno, intentaron devolverle la felicidad, pero fue imposible. Ella seguía observando los atardeceres mientras le caía una lágrima, apretaba su Rosario y se decía a sí misma una y mil veces. NO ME OLVIDES.


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