Saturday, 13 March 2010

PATERA

La mar está en calma, es noche cerrada, la luna se refleja en el oscura agua como si fuera un espejo gigante. Las olas van de una orilla a otra buscando tierra que mover. Una vieja patera se mueve entre estas olas en busca de una tierra soñada. La barcaza se tambalea, sollozos y gemidos se oyen dentro. Partieron de un contienente arruinado hacia otro lleno de sueños. Sueños que se harán realidad allá donde van.

Una mano se agarra a uno de los extremos, por ella corre una gota de sangre, llega hasta el dedo y cae hasta el mar, esta gota acaba en un oceano, a saber donde irá a parar. A lo lejos se divisa tierra. Nadie hace nada, nadie se mueve, todos están dentro de la patera. Encaya cerca de la playa en unas rocas, los cuerpos caen como pesos muertos en la orilla. No hay voces, no hay gritos, no hay lloros tan solo cuerpos moviéndose a ciegas buscando lo añorado.

Unos guardias llegan hasta allí, linternas y focos se cruzan con las sombras de la noche. dan el alto y nadie responde, no corren ni intentan ocultarse. Lo que parece una mujer joven se acerca a ellos. También llega una ambulancia, los enfermeros corren hacia ellos. Los guaridas vuelven a dar el alto. Las tablas de la patera se esparcen, se ha quedado totalmente destrozada, las tablas vuelven mar adentro nostálgicas de su antiguo puerto.
Los enfermeros se abren paso entre los guardias, corren hacia donde está la 1ª víctima del miedo, del miedo de quedarse en un país sin futuro, un paÍs de pesadillas donde sus familias les esperan.

Una manta cubre el rostro mojado de la mujer, es de color, veintialgo, no se inmuta. Algo va mal. El enfermero le mira la cara extrañado, esta le devuelve la mirada, una mirada fija desde el infierno. Sus ojos blancos no dicen nada, su boca se abre, putrefacta y llena de baba compacta y seca. Un giro de su cuello y los dientes amarillos muerden la yugular del enfermero. La sangre brota como un río sin caudal. Los agentes gritan y disparan sobre ella. Los disparos no le hacen nada, le sigue mordiendo. Los agentes estaban tan obcecados disparando a la mujer que no adviertieron que por sus flancos se acercaban lentamente los otros tripulantes de la patera contagiados por solo Dios sabe que, si es que Dios sabe algo.
Las fauces de estos pasajeros del infierno llegan hasta la carne añorada, una carne fresca que a su paso deja brotar sangre, roja como la de todos. Los guardias caen abatidos. Al rato se levantan y se dirigen hacia las primeras casas que ven, lentos pero decididos. Como una Santa Compaña del terror.

Han pasado 13 horas, ahora las pateras van en dirección contraria.

IV.

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