Wednesday, 23 December 2009

HUNTERS

CAZADORA


Las tres mujeres estaban sentadas en la barra de aquel lujoso casino. Sus vestidos destacaban en aquel lugar haciéndose notar aún más. Las tres sostenían copas que contenían brebajes que llevaban hasta sus labios deleitando a su paladar sobre manera. Eran cazadoras infalibles que jamás se le escapaba una presa.

La más joven por así decirlo ya se había fijado en un hombre que le miraba desde la mesa de Black Jack. La cazadora le devolvió la mirada y con un paso seductor se dirigió al baño. Allí se pinto los labios que eran su punto de mira y se colocó su vestido que era el señuelo. La trampa para que cualquier hombre y mujer cayera en sus brazos sin remedio. Se miró una última vez en el espejo y salió del baño, directamente a la mesa donde estaba su presa que le miraba como se acercaba. Hasta que llegó y se sentó junto a él.

El hombre estaba nervioso ante la proximidad de su cazador. No podía hacer otra cosa que mirar a la mesa. Ella que estaba cada vez más cerca, no dejaba de mirar su rostro, los labios rojos y mortales se despegaron, de su boca salieron unas palabras con un tono que erizó la piel del bello del hombre. Nada ni nadie tan bonito estuvo tan cerca de él, no se pudo resistir y con un movimiento de cabeza accedió. Accedió a llevarla a su casa y amarla hasta el amanecer. Claro que él no sabía que era la presa.

La mujer anduvo hasta la barra donde estaban las otras cazadoras y con un ligero roce en las mejillas se despidió de ambas, sus compañeras de cacerías. Antes les lanzó miradas felinas. Pidió su abrigo negro de tafetán y salió cogida del brazo de su inofensiva presa.

Un lujoso coche les esperaba en la puerta, entraron y dentro bebieron del mejor vino espumoso del país. Llegaron a la mansión de la presa, para entonces la cazadora ya había lanzado sus redes en forma de besos y él, la presa, estaba totalmente rendido.
Subieron hasta la habitación, allí ella se quitó el vestido y dejó al descubierto su precioso cuerpo lleno de tatuajes en extrañas lenguas. La presa se puso de rodillas y con la boca le desabrochó los zapatos hasta besarle las rodillas.

Sin casi respirar fueron a la cama donde se tumbaron, él, extasiado se dejó llevar y como una presa ante su cazador se agazapó inmóvil. La cazadora vio su momento y con sus dos colmillos manchados de carmín le atacó exprimiéndole entero.

Primero su sangre y después todo lo demás.

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